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La Guardia Civil echa la red a los cazatesoros, piratas del mar que cotizan en bolsa

30 Dic

Madrid, 27 dic (EFE).- En 1854, dos barcos, el Liban, cargado con dos millones de francos en monedas de plata, y el Cecilia chocaron en el Mar de Alborán. El primero se hundió. Siglo y medio después una empresa quiso apoderarse del tesoro, pero la Guardia Civil lo impidió. Los cazatesoros siguen al acecho en un negocio que cotiza en bolsa.

Fue a mediados del año pasado cuando la Armada española detectó que el buque Endeavour, supuestamente de investigación oceanográfica, operaba frente a las costas de Málaga, aunque todo indicaba que pretendía expoliar algún pecio hundido en esas aguas.

Los agentes del Grupo de Patrimonio Histórico de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil se hicieron cargo de la investigación, que meses más tarde ha dado sus frutos al constatar, gracias a todo el material incautado al Endeavour, sobre todo el informático, que su intención era saquear el Liban y apoderarse de los dos millones de francos en moneda de plata.

Javier Morales, capitán de ese grupo, explica a Efe los pormenores de esa operación, que ha permitido conservar el patrimonio subacuático y constatar el modus operandi de las grandes empresas cazatesoros, multinacionales que llegan a cotizar en bolsa y cuyas acciones suben como la espuma en cuanto llega a oídos de los inversores la “captura” de un pecio.

Con base en Gibraltar dos barcos actuaron de forma coordinada en la localización de pecios, con banderas que iban cambiando a lo largo del tiempo de países en los que los delitos contra el patrimonio no están tan perseguidos como en España.

Una vez interceptados, los agentes, con la correspondiente orden judicial, intervinieron en el Endeavour una ingente cantidad de información en soporte informático, cuyo análisis ha llevado a la Guardia Civil a confirmar un “modus operandi” que puede extrapolarse a otras empresas cazatesoros.

Se trataba en este caso de un holding dirigido por una misma persona, con hasta siete sedes sociales en otros tantos países y tres embarcaciones de la envergadura de la intervenida: 70 metros de eslora, gran tonelaje y con medios tecnológicos -como un sonar de barrido lateral- muy caros que solo pueden ser manejados por personal muy cualificado.

De ese análisis se desprende también que esta empresa ya tenía localizados otros objetivos, con las coordenadas precisas, tanto en España como en otros países, explica Morales, quien recuerda que la persona que dirige el holding ya había expoliado en los noventa en las costas gallegas, en concreto el pecio Río Douro.

A día de hoy, dice el capitán de la UCO, todavía se ofertan en Internet bienes culturales expoliados en esa época.

Hasta llegar a la extracción del tesoro, estos “piratas” llevan a cabo su delito en varias fases. La primera de ellas, y principal, es la contratación de investigadores e historiadores que determinan qué barcos pueden interesar por la preciosa carga que llevaban antes de hundirse.

Muchas veces escudriñan en archivos como el de Indias, en Sevilla, manuscritos y otros documentos, y algunos de estos historiadores ni siquiera saben que trabajan para una organización criminal.

Tras seleccionar y localizar el barco, llega el momento de la extracción de los bienes. Para ello utilizan medios como un “rov”, una especia de robot que, dirigido desde la embarcación por control remoto, es capaz de “robar” con “sus brazos” las piezas.

Pese a estos medios técnicos, en muchas ocasiones las prisas con las que se efectúa esta labor puede dañar el bien. “Evidentemente, la pérdida de información sobre un periodo histórico y el deterioro de la pieza es tremendo”, enfatiza Morales.

No es el final del proceso, porque el negocio empieza con la venta de lo sustraído. A veces ni siquiera eso. La sola noticia del hallazgo de un tesoro dispara la cotización de las acciones de la empresa, lo que redunda en pingües beneficios que compensan los elevados costes de su actividad.

Gastos desorbitados como los 50.000 dólares que le cuesta al cazatesoros cada día de navegación, como reconoció a los agentes el capitán del Endeavour.

¿Quiénes compran? Generalmente los clientes de estas “macroempresas del delito” se ubican en EEUU y en países emergentes, fundamentalmente asiáticos, con ciudadanos con alto poder adquisitivo que pueden permitirse esos lujos para presumir de su estatus sin importarles la procedencia.

Y en paralelo a este interés por el arte subacuático, es creciente el número de empresas que se apuntan a esta actividad y que se escudan en la falta de legislación en esta materia por parte de algunos países, donde ni siquiera está tipificado el delito, lo que les permite además reincidir con cierta impunidad.

Objetivo de la Guardia Civil es poner coto a estos cazatesoros en aguas españolas, en cuyas profundidades reposan muchos de estos barcos al igual que en otros países mediterráneos que también contaron con importantes armadas.

Para ello, es fundamental la colaboración internacional y la que el instituto armado mantiene con los ministerios de Asuntos Exteriores y Cultura o con centros arqueológicos subacuáticos como el de Cádiz.
Vigilar el pecio que finalmente el Endeavour no consiguió expoliar sigue siendo misión de los agentes de la Guardia Civil, que desde el aire, el mar -tanto en superficie como bajo él- los puertos o los aeropuertos velan por la integridad de un patrimonio oculto pero no olvidado.

(Agencia EFE)

Fuente: Lainformacion.com

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