Se vende Coliseo antes de que se deteriore más

2 May

REPORTAJE: Vida&Artes

La precariedad del patrimonio cultural por los recortes lleva a privatizar monumentos – Algunas voces consideran populista la solución italiana
MIGUEL MORA / LUCIA MAGI 16/04/2011


Estos días se emite en las televisiones italianas un vídeo que promociona el turismo cultural. Se titula Mágica Italia y el presentador es el propio Silvio Berlusconi, que sonríe y recita: “Visita el país que ha regalado al mundo el 50% de los bienes artísticos tutelados por la Unesco”. Falla un pequeño detalle. Al porcentaje le sobra un cero. Italia cuenta exactamente con el 5% de los 911 sitios protegidos que forman parte del patrimonio de la Unesco. “Más de 100.000 iglesias y monumentos, 40.000 edificios históricos, 3.500 museos, 2.500 sitios arqueológicos y más de 1.000 teatros. ¿Lo sabías?”.

La política cultural italiana, el país del Grand Tour, del Renacimiento y del Imperio Romano, de Piero della Francesca y de Verdi, de Dante y de Pasolini, se ha convertido poco a poco en algo parecido a un tesoro en descomposición. La sucesión de malas noticias de los últimos meses ha sido un martilleo abrumador, casi diario. Tres derrumbes en Pompeya, el anuncio de una amnistía para los bienes arqueológicos robados, los recortes a las fundaciones líricas, el grave deterioro del Puente de Rialto en Venecia, los cierres de teatros y bibliotecas; las manifestaciones y huelgas de artistas y trabajadores por todo el país; la amenaza de cierre del Istituto Luce, la filmoteca histórica de Cinecità; la contratación de algunos mafiosos excarcelados para cuidar del Museo Abatellis de Palermo; el escándalo de corrupción en la Protección Civil que se encargaba de organizar grandes eventos culturales (y religiosos) y de gestionar bajo opacas y excepcionales condiciones de emergencia sitios arqueológicos, teatros y museos como la Galería de los Uffizi de Florencia.

De hecho, la única buena noticia de los últimos tiempos parece ser que el Coliseo va a ser restaurado. Con fondos privados. Las obras han empezado ya con unas primeras catas: se han limpiado algunas columnas, y bajo la capa grisácea formada por la polución han aparecido los matices y tonalidades de un mármol rosa de una belleza insólita. Las imágenes de la restauración que pagará el magnate del calzado Diego della Valle (25 millones de euros) han contribuido a relajar un poco la feroz polémica que levantó la poco transparente firma del contrato entre el comisario especial del área arqueológica de Roma, la Sobreintendencia de los Bienes Culturales y la empresa zapatera.

A cambio de sufragar la restauración del anfiteatro del siglo I, Tod’s gestionará en exclusiva los alquileres y los derechos de imagen del Flavio dentro y fuera de Italia, podrá poner su logotipo en las entradas y en los andamios, y construir un centro de servicios en el área arqueológica más protegida del mundo.

El acuerdo fue firmado el 27 de enero, pero el texto solo se ha dado a conocer hace un par de semanas, cuando el sindicato UIL presentó un escrito ante la Fiscalía de Roma y el Tribunal de Cuentas en el que expresaba sus dudas sobre el alcance del acuerdo y pedía que se aclaren posibles indicios de delito.

Tod’s mantendrá durante 15 años prorrogables la exclusiva sobre la imagen mundial del monumento romano, y, mientras duren las obras, se ocupará de la comunicación y los derechos de comercialización. Della Valle firmó el trato con el comisario extraordinario del área arqueológica de Roma, el arquitecto Roberto Cecchi, apoderado por un decreto especial de la presidencia del Gobierno. Cecchi es uno de los nombres que el Ejecutivo emplea desde 2001 para acometer su política de “puesta en valor del patrimonio cultural”. Su superior es Mario Resca, exconsejero delegado de McDonald’s Italia. Silvio Berlusconi le nombró para explotar los monumentos y museos con una actitud comercial y privada.

Algunas voces alertan de que se trata de una estrategia populista más, basada en convertir la conservación del patrimonio en emergencia permanente, lo que ayuda a adjudicar contratos a privados sin concurso ni control, mientras se promueven los recortes públicos y se vacían las plantillas de profesionales y técnicos al cuidado del arte. La alerta sobre la incuria con la que Italia trata su patrimonio ha sido lanzada varias veces por el presidente de la República, Giorgio Napolitano. Pero eso no ha frenado la carrera. Un reciente reportaje del programa de televisión Ballarò ha revelado que en el Coliseo solo hay ya 10 personas vigilando el monumento más visitado de Italia.

Entretanto, a las empresas privadas de servicios culturales les va de fábula. Las taquillas y las visitas guiadas del anfiteatro, y las de la mayoría de museos y zonas arqueológicas del país, están ya en sus manos. Las empresas ganan un porcentaje de hasta el 30% sobre las entradas. Solo en el Coliseo hay entre 15.000 y 20.000 visitantes por día, a 12 euros cada uno. El mercado de los “servicios culturales añadidos” es selecto: 10 o 12 empresas se reparten el pastel.

La otra noche, en una cena de cuatro horas con corresponsales extranjeros, el primer ministro tuvo tiempo para hablar unos segundos sobre cultura y patrimonio. Hace dos semanas ha aceptado la dimisión del ministro de Bienes Culturales, Sandro Bondi, su poeta de cámara, que se ha ido a su casa desesperado por los continuos recortes de los presupuestos dedicados a la cultura (casi mil millones en la última década), y Berlusconi ha nombrado en su lugar al anterior ministro de Agricultura, Giancarlo Galan.

De forma que el primer ministro recitó otra vez de carrerilla la lista del anuncio, añadiendo por su cuenta otra cifra mágica: “Tenemos el 70% del patrimonio europeo de la Unesco”. Y luego anunció que Galan, hasta ahora conocido como un especialista en ganado bovino, “es un hombre muy culto y estará aconsejado por grandes consejeros independientes, como nuestro Vittorio Sgarbi, que es un genio”. Sgarbi es el crítico de arte más polémico del país, defensor de Berlusconi en la televisión pública.

“Es una situación que me enfurece. Es como asistir a la violación repetida de la mujer a la que amas, te estremece”, estalla Gian Antonio Stella, periodista de Il Corriere della Sera que firma con el colega Sergio Rizzo el libro de investigación Vandali, l’assalto alle bellezze d’Italia (Vándalos, el ataque a las bellezas de Italia), donde los dos reporteros trazan un análisis descorazonador de la degradación del patrimonio autóctono, gracias a la ceguera de una política demasiado centrada en su supervivencia para ocuparse de ello.

La imagen que abre el reportaje de los autores de La Casta es fulminante: las ruedas de los coches oficiales corren disparadas sobre los adoquines de la Vía Apia, la Regina Viarum, una de las más importantes calzadas de la antigua Roma, trazada en el 312 antes de Cristo por voluntad del cónsul Apio Claudio, el Ciego.

En la actualidad está cerrada al tráfico urbano por temor a dañar los antiguos lastres pensados para las herraduras de los caballos o el pisoteo de los viandantes. Sin embargo, la antigua vía que conectaba Roma con Brindisi está abierta a los coches oficiales (y a las ambulancias). Por eso se ha transformado en el camino preferencial que los políticos utilizan para llegar al aeropuerto, cada jueves por la tarde, una vez terminados los trabajos parlamentarios semanales, para esquivar los atascos de la capital.

“Los neumáticos de los coches blindados que pisotean aquel frágil adoquinado, construido hace 23 siglos para las cuadrigas, son la metáfora de cómo la clase dirigente de este país ofende cotidianamente los grandes tesoros italianos”, escriben los autores. “No tenemos petróleo. No tenemos gas natural, ni oro, ni diamantes. Solo poseemos una única, grande, incluso inmerecida, riqueza: la belleza de nuestros sitios arqueológicos, la belleza de nuestras aldeas medievales, la belleza de nuestras mansiones patricias, la belleza de nuestros museos, de nuestras ciudades de arte”. Y la desperdician. “Es un suicidio lento y obstinado, porque se quita oxígeno al recurso nacional más abundante”, argumenta Stella.

Se trata de un problema de visión política, de miopía. “Cualquier Estado serio actuaría de forma opuesta: ¿sabes que tu excelencia es el turismo (12% del PIB)? Entonces allí pones a tu mejor hombre, al directivo más capaz y preparado que tengas, para revalorizarlo, para que crezca. Y no. Ellos meten a una señorita que no tiene ningún merito ni experiencia en el sector (la ministra Michela Vittoria Brambilla). Resultado: ¡Hasta China adelanta a Italia como destino preferido de los turistas mundiales!”.

“¿Sabes -porque así lo afirman estudios y datos- que cada euro invertido en cultura cunde más que en el sector de la manufactura? Entonces, si hay una crisis, aumentas las inversiones en los museos, en el espectáculo, en la manutención de monumentos y sitios arqueológicos”. Esto dictaría la lógica. Pero en Italia las cifras pintan un cuadro exactamente opuesto. Las financiaciones a la cultura se han diezmado desde que gobierna Berlusconi, cayendo un 40% entre 2001 y 2011: de 2.386 a 1.429 millones de euros (Ley de Presupuestos). Si se calcula la inflación, el derrumbe es aún más ruidoso: 50,5%.

“Para dar una sacudida a la crisis que amordaza la economía estadounidense -recuerda Stella- Barack Obama se ha reunido con los directivos de Twitter y Facebook. Aquí Berlusconi prepara el Plan Vivienda, para que sea más fácil esparcir cemento y construir. Una receta buena para la década de los sesenta, vieja, y totalmente inadecuada”.

Llegan de cada rincón del Belpaese muestras del descuido generalizado en el que dormita el patrimonio transalpino. En Bolonia, por ejemplo, ciudad del centro norte, burgués y acomodada, destino favorito de los Erasmus, con la universidad más antigua del mundo y una vida cultural original y propositiva, la Pinacoteca Nacional está obligada a turnar las salas a los visitantes. En Palermo sucede lo mismo en el Palacio Abatellis, donde solo hay guías disponibles en japonés y el maravilloso retrato de la Anunziata de Messina solo se puede ver por la mañana.

Bajo el soportal color rojizo de Bolonia, la placa dice: “Pinacoteca Nacional. Abierta de martes a domingo de 9 a 19 horas”. No especifica que, en realidad, el visitante no va a poder entrar en las 30 salas del antiguo convento que alberga obras maestras del Medievo, Renacimiento y Barroco italianos. Habría que añadir a la lámina informativa que algunas van a estar cerradas. Cerradas por recortes.

“Cada hora y media clausuramos un ala del museo para abrir otra. Hacemos turnos, porque los vigilantes somos pocos y no ubicuos”, cuenta Massimo Trezza, que desde 1987 custodia el espléndido políptico dorado de Giotto, los óleos de Rafael o las pinceladas barrocas de los Carracci, maestros de la escuela boloñesa. Fue trabajador precario, en 1994 ganó la oposición y ahora es funcionario. Pero no está tranquilo: “La cosa va fatal. Hasta hace pocos meses, los electricistas controlaban la iluminación cuatro veces por semana. Ahora hemos recortado el contrato y se ha quedado en una. Los de la climatización acuden solo si pasa algo gordo”. Son las 10.30 y hay que cambiar de ala. “Salgan señores, vamos a abrir la parte barroca”.

Maria Rosaria San Giovanni, licenciada y funcionaria desde hace 11 años, tiende la cinta de terciopelo que impide el acceso a la sala: la Santa Cecilia de Rafael se queda sola resoplando su éxtasis melómano. Los turistas desconcertados se encaminan hacia los revuelos del Guido Reni. “Si uno de nosotros se pone enfermo es un lío, y para coger vacaciones hay que ganar una rifa”, comenta la empleada.

Un panorama desolador, que ha llevado a dimitir no solo a Bondi sino a sus últimos número dos: primero al profesor Salvatore Settis y después a Andrea Carandini, quien finalmente ha decidido volver a su puesto cuando el Gobierno ha prometido recuperar parte de los 150 millones retirados este año al Fondo Único del Espectáculo (FUS) subiendo un céntimo el precio de la gasolina.

El Gobierno argumenta que en tiempos de crisis el coste del personal cultural supone el 70% de la financiación pública. Afirma que hay que reducir plantillas, y para hacerlo bloqueará hasta 2013 las nuevas contrataciones en el sector público cultural. “Nos están estrangulando”, dice Luigi Ficacci, superintendente de la pinacoteca boloñesa. “He tenido que rescindir el contrato con una asociación de jubilados que suplía la falta de personal (40 vigilantes para 30 salas) por pocos euros a la hora. Enel amenaza con cortarnos la luz. No tengo para pagar la electricidad. Ahora estamos pagando las facturas del año pasado, con sobreprecio de morosidad. Y ya estoy seco. Es imposible organizar exposiciones temporales que llamarían a visitantes y a mecenas privados. De esta forma desapareces del mapa. Te conviertes en un sujeto pasivo que solo da pérdidas”.

Un animal herido: los visitantes eran casi 46.000 en 2008; se han reducido a menos de 33.000 el curso pasado, a medida que menguaba la financiación estatal. “Me porto como el administrador delegado de una sociedad al borde de la quiebra, no como un funcionario: no hago más que preparar proyectos y llevarlos a bancos, fundaciones, empresas. Intento recaudar fondos, pero es arduo”. La Fundación Prada acaba de asumir la restauración de cuatro yesos del siglo XVIII. “Van a gastarse solo 25.000 euros, pero vinculan su firma a un arquetipo de la belleza. Sin ellos hubiera sido imposible hacer nada. Quizás esta sea la única vía”.

El conflicto de intereses no podía faltar. Electa Mondadori, división artística del grupo que preside Marina Berlusconi, hija mayor del primer ministro, gestiona en concesión 43 librerías de museos y monumentos, desde el Coliseo y el Foro Romano a Capodimonte o el Madre de Nápoles. En 2009, facturó 29 millones de euros y recibió el 70% del total de las concesiones estatales a las empresas de servicios culturales. La Sobreintendencia, en cambio, obtuvo cinco millones por ese mismo concepto, recordaba Ballarò.

La ministra de Turismo, Michela Vittoria Brambilla (inductora del spot Mágica Italia), anunció recientemente en un programa de televisión: “Mi ministerio está haciendo folletos en varios idiomas y tantas, tantas, tantas cosas para poner en valor el patrimonio italiano”.

Pompeya se cae, del Coliseo se ocupa un zapatero, los teatros cierran, la cultura y el espectáculo agonizan y la gestión del patrimonio más bello del mundo está, cada vez más, en manos privadas. En un par de manos. ¿Lo sabía?

Fuente: Elpais.com

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