Los sueños de La Caleta

23 Abr

Relatos ganadores del IV concurso de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento y ‘Diario de Cádiz’ | Actualizado 23.04.2010 – 11:36

El arranque propuesto por el escritor Jesús Maeso

Aquel domingo de febrero de 1812, Cádiz, sitiada por el invasor francés, resistía como una ciudad de prodigios bajo el abrigo de sus murallas. Un grupo de gaviotas giraban en sus vuelos impetuosos sobre la espadaña del castillo de Santa Catalina, y la mañana exhalaba una perfumada brisa. Germán, un muchacho vivaracho y soñador del Campo del Vendaval, escapó de la misa de los Capuchinos y se sentó en la arena sedosa de la playa de La Caleta, cuyas aguas parecían haber robado el azul del cielo.
Sintió el salado frescor en la cara y cerró los párpados para formular su gran deseo, mientras movía sus pies descalzos entre el oleaje, que con su isócrono rumor, le traía una y otra vez la obsesión que se agitaba en su cerebro desde hacía semanas. Soñaba con pertenecer al Batallón de Tiradores Voluntarios, el que se había batido con gloria en Bailén enfrentándose a las águilas invencibles de Napoleón. Algunos de sus amigos ya se habían alistado, pero su padre le negaba el permiso, aduciendo que un factor era un chiquillo temerario y presuntuoso. No obstante aguardaba que un factor casual lo cambiara todo, pues en su insensata inocencia, anhelaba convertirse en soldado sobre todas las cosas. Y por ello le resultaba excitante pasear por la calle Ancha y contemplar a los héroes de sus sueños, con los que luego imaginaba aventuras audaces en la soledad de su lecho. De repente vio que algo flotaba a lo lejos sobre las aguas mansas de la desierta caleta, y que la marea lo arrastraba hacia las rocas, donde quedó varado. Tenía la certeza que se trataba de un despojo de los enfrentamientos de las armadas rivales. Se incorporó como impelido por un resorte, y advirtió que era un baúl. Lo deslizó con esfuerzo, y miró a uno y otro lado para comprobar que no lo espiaban ojos indiscretos. Y con la navaja que llevaba en el cinto abrió la mohosa cerradura. Alzó la tapa con parsimonia y se detuvo. Se quedó petrificado y los ojos parecieron salírsele de sus órbitas.
Germán era un monumento vivo a la perplejidad,

Rául Agustín Mendoza Márquez, San Fernando (categoría juvenil)


había encontrado gran cantidad de documentos y cartas náuticas de lo que parecía ser la Bahía de Cádiz. Documentos que no lograba entender tanto por su analfabetismo como por una serie de marcas y números extraños que no consiguió descifrar, aunque sabía quien si lo lograría.

Corrió por la playa en dirección al Callejón de los Doblones cerca de la zona portuaria de Puerto Piojo, donde vivía un importante comerciante gaditano de padres irlandeses, y que tenía en gran estima a Germán, debido a la ayuda del joven en un asunto turbio no demasiado digno de mención. El comerciante de nombre Guillermo y apellido Butler O’callaghan era un comerciante de gran renombre, renombre labrado gracias a su buen hacer con los productos traídos desde los alejados puertos de Ultramar.

Germán llegó sin aliento ante la imponente puerta de caoba que guardaba la gran y hermosa casa, llamó tres veces como era menester y apareció ante él la figura del anciano y afable criado de Guillermo Butler, que con una sonrisa le indicó que pasara. Germán una vez que Francisco, que así se llamaba el criado, hubiese cerrado la puerta se volvió ante él y le dijo:

– ¿Cómo está la situación, Francisco?

– No muy bien, ya sabes que con el bloqueo francés no hay demasiado material con el que comerciar.

– Lo siento- dijo Germán bajando la cabeza.

– Bah, no te preocupes, además no es culpa tuya que esos malditos bastardos estén aquí, aunque me temo que tendremos que aguantarlos durante bastante más tiempo.

– No, te equivocas, yo mismo expulsaré a esos perros de España.

Entonces se escuchó una sonora carcajada al frente, Germán levanto la cabeza y vio al comerciante mirándolo con una mezcla de burla y orgullo.

– Si eso sucede, yo mismo me arrodillaré ante ti- dijo Guillermo, lo que hizo que Germán se ruborizase y bajase de nuevo la cabeza- de todas formas dejemos este truculento tema, bueno ¿a qué debo tan ilustre visita?

– A esto- entonces Germán depositó en brazos de Guillermo el arcón que portaba bajo el brazo.

Sin mas palabras, Guillermo cogió el baúl y lo abrió al instante, descubriendo los valiosos documentos que en él se encontraban, esto provocó que girase sobre si mismo y se dirigiese a su estudio sin mediar mayor palabra.

Germán siguiendo los pasos de Guillermo se dirigió al estudio de éste, un estudio cubierto de estanterías de maderas claras repletas de libros, mapas de todo el mundo y una colección sin fin de caracolas colocadas frente a una vidriera que parecía penetrar en el mar, y todo esto rodeando a una hermosa mesa de ébano con unos finos dibujos florales hechos de oro. Esta estancia fascinaba a Germán porque a pesar de no saber leer ni escribir apreciaba la belleza de la literatura y la sabiduría atesorada en los libros. En el centro de la habitación encontró a Guillermo leyendo frenéticamente los documentos.

– ¿Sabes qué es esto?- dijo el comerciante una vez concluida la lectura.

– No

– Es algo de gran importancia, gracias a la valiosa información que atesoran estos documentos franceses.

– ¡¿franceses?! Yo pensaba que eran cartas escritas por marineros de un barco español, y no cartas francesas- dijo sorprendido Germán.

– Pues lo son, y además te diré que se trata del plan francés para atacar esta plaza, pero no tenemos tiempo de discutir, has de llevarle estos documentos al general Cayetano Valdés. Que se de buena tinta que se encuentra en el Palacio de la Aduana.

– De acuerdo- dijo ansioso Germán.

– De acuerdo, pero ve presto- Y diciendo esto el comerciante le tendió los documentos a Germán- has de darte prisa, pero procura que solo el Gobernador vea estos papeles.

– Así lo haré- Y tras estas palabras, Germán salió presuroso de la casa con destino al Palacio de la Aduna.

Al llegar allí un soldado le prohibió el paso, pero como vio que el general cruzaba la estancia a la que se accedía desde la calle en la que se encontraba él, lo llamo insistentemente, y aunque Cayetano Valdés no le hizo caso en un primer momento, si lo miró intrigado ya que vio el arcón bajo su brazo y le pareció un tanto extraño que aquel joven portara un arcón de tan finas características, esto hizo que el general se parase en seco y se acercara a Germán.

– ¿Qué quieres niño?- dijo con voz potente y áspera el Gobernador de Cádiz.

– Decirle general que he encontrado unos documentos de un posible ataque frances- dijo intimidado Germán.

– ¿Cómo?, enseñame esos documentos- dijo nervioso el general Valdés

– Aquí están, general- dijo Germán tendiéndole el pequeño cofre al Gobernador de Cádiz, y este lo cogió intrigado, y dijo:

– Acompáñame, seguramente necesite tu ayuda.

Y tras esto el general se dirigió al interior del edificio seguido por Germán, llegaron a una gran sala, exquisitamente decorada, y el Valdés se sentó y le indico a Germán que hiciese lo mismo.

Tras estudiar los documentos, durante un momento, levantó la cabeza y le preguntó a Germán que donde los había encontrado y si los había visto alguien más, aparte de ellos dos, y Germán le relató la historia desde que los encontró hasta que llegaron a sus manos.

– ¿Cómo te llamas?- dijo el Gobernador de Cádiz.

– Me llamo Germán, señor.

-Bien Germán, has de saber que has prestado un gran servicio a España y a Cádiz, pero te pediré un favor, ¿perteneces a algún cuerpo?.

– No señor, mi padre no me lo permite.

– Pues lo siento por tu padre pero preciso de tus servicios, escribiré una carta informándole de tu alistamiento y le mandaré tu paga.

– Sí señor, será todo un honor servir bajo sus ordenes, ¿qué debo hacer?- dijo tremendamente feliz Germán.

– Veras Germán, hace un tiempo descubrí que tengo más de un infiltrado entre mis filas, ya que más de un ataque previsto contra los franceses no ha tenido éxito, debido a que sabían donde estaríamos, y fuimos nosotros los que caímos en alguna que otra emboscada, así que como has demostrado tu lealtad hacia la corona, te pido que le lleves esta carta, que explica el plan de los franceses para atacarnos con lanchas cañoneras, a Antonio Hurtado, capitán del cuerpo de ingenieros, que se encuentra en la fortificación de Cortadura. Irás con tres hombres que estarán bajo tu mando, si conoces alguno que sea de confianza tu los elegirás, ¿te parece bien?- preguntó el general tendiéndole la carta al joven.

– Si señor tengo amigos de confianza, e iré de inmediato hacia Cortadura con ellos- dijo exultante Germán.

– Guardia, tráele un uniforme y un fusil a este joven- dijo el general, y al poco tiempo apareció un soldado con lo que se le había pedido- Germán protege el sobre con tu vida- Y dicho esto el general le tendió la mano, mano que estrecho Germán al tiempo que se volvía y se dirigía a cumplir su sueño, luchar por su patria.

José Alberto Retamosa Gámez, San Fernando (categoría senior)


cómo no serlo ante el contenido de su adquisición. El agua salada se había filtrado en el interior del baúl, ocupando su fondo, pero sin ocultar los interesantes objetos que había en su interior. Germán introdujo su temblorosa mano y sacó las vestimentas del baúl, empapadas de agua pero en unas condiciones casi perfectas. Abrió sus brazos para poder estirar la prenda, ahora sin miedo a que alguien lo viera, aunque ni si quiera pensó en ello, pues su vista, su tacto y todo su ser estaban inmersos en el azul de la suave casaca militar. El corazón del muchacho latía con el ritmo de los tambores militares que ahora sonaban en su cabeza, transportándolo a batallas en tierra y mar, donde el fuego se cruzaba sin distinguir entre sus mortales objetivos. Él mismo se veía allí, blandiendo su brillante espada contra un aterrorizado soldado francés de uniforme azul, exactamente igual al que ahora tenía entre sus manos. Cada estocada era tan real en su imaginación como el frío viento de poniente que azotaba la blanca playa, representando cada coche del metal con el metal, la fuerza con la fuerza, la muerte con la muerte, la lucha por el honor de su patria y la victoria por su libertad y todos los suyos. Con una delicadeza digna del vuelo de la negra golondrina puso la prenda sobre la fina arena y volvió a introducir sus curiosos ojos dentro del inundado baúl.
En el hueco que antes había ocupado la casaca, Germán encontró un negro gorro, también parte de la indumentaria que alguna vez había pertenecido a un desconocido soldado francés. Agarrándolo con sus delgados dedos lo elevó hasta situarlo a la altura de su cara, ocupada por la admiración y el respeto. Comenzó a rotar el gorro hacia la derecha para contemplarlo desde todos los ángulos, palpando cada una de las irregularidades causadas por el continuo vaivén que había sufrido durante su travesía por las aguas de aquel brillante mar frente al que estaba arrodillado. Tuvo la repentina intención de ponérselo y sentir como el ancho gorro encajaba en su despeinada cabellera hasta caer sobre sus orejas, pero su mirada había caído otra vez en el hinchado baúl de madera. Posó suavemente el gorro sobre la casaca sin apartar la luminosa mirada de su siguiente objetivo. Sus manos no dejaban de temblar a causa del frío y de la excitación, por lo que le costó sacar el objeto de su lugar de reposo.
Deslizó sus dedos por el reluciente cañón de plata y oscura madera, tocando el complicado mecanismo de disparo, también del mismo metal. La caja de madera que conformaba el mango poseía unos hermosos medallones de latón, decoraros con complicadas filigranas cuya elaboración desconocía. Lo que no desconocía era el uso que se le daba a las pistolas como esa. Supuso que ya no funcionaría debido a su húmedo viaje en el baúl, pero intentó dispararla apuntando hacia el extenso horizonte. El resorte se puso en marcha al apretar el frío gatillo y produjo un chasquido, pero como ya esperaba nada más ocurrió, y el pequeño chasquido se perdió entre los lamentos del viento de poniente. Germán mantuvo la misma postura unos segundos, durante los cuales vio caer a las tropas invasoras bajo la perdigonada de mortíferas pistolas que él y los suyos llevaban en sus manos.
El caótico campo de batalla volvió a convertirse en la linda playa de La Caleta y sus azules aguas. Sin soltar el inservible arma se introdujo de nuevo en el arca, en la cual solo se veía ya el agua cristalina que se había introducido en él, al igual que lo habían hecho sus ojos y sus manos. Aun así decidió introducir su mano de nuevo para palpar con minuciosidad el fondo. Cuando solo quedaba una esquina por comprobar, su nerviosa mano derecha tropezó con un último obstáculo de suave tacto que rápidamente agarró y sacó del fondo. La pipa no tenía decoración, era sobria y elegante, y su hornillo estaba bastante chamuscado, señal de su uso. En ese momento algo saltó dentro de la cabeza de Germán, algo que no comprendía, que su lógica no llegaba a comprender. El enemigo al que había pertenecido ese baúl, aquel hombre al que él mismo quería ver caer era exactamente eso, un hombre, como los demás, como él mismo, un hombre que se entregaba con fervor en la batalla para honrar a su patria, y que amaba el buen descanso, la tranquilidad de un hogar, la paz de cada calada de su pipa. Uno como cualquier otro. ¿Por qué él no podría ser así?
Pero entonces comprendió todo, y los sueños se volvieron realidad, una realidad en la que no se había parado a pensar. Lo más probable es que ese hombre había perecido en el fulgor de la guerra, y si él había caído, también caerían otros, y también podría caer el propio Germán. Todo nerviosismo se convirtió en una seriedad muda, una señal de respeto hacia aquel que él llamó enemigo por vestir de azul, pero que era hermano por ser hombre. Con gran rapidez dispuso todos los objetos sustraídos del baúl en su interior y puso sus manos sobre la tapa abierta. Posando por última vez sus ojos verdes en el contenido de aquel cofre hizo un juramento consigo mismo. Llegaría al Batallón de Tiradores Voluntarios, lucharía por su patria, lucharía por los suyos, lucharía por su honor, y lucharía por acabar esa guerra. Él terminaría con aquello, y quizás debería matar hombres, pero tras acabar todo, otros muchos no morirían, y eso al menos era un aliciente, o quería convencerse de que así era. Con la misma lentitud que había abierto el baúl, a la que añadió digno respeto y un pulso tranquilo, dejó caer la tapa. Con firmeza se puso en pie y arrastró el arca por la orilla, dejando tras ella la pista de su paso que poco más tarde limpiaban las onduladas olas. Cuando hubo llegado cerca del castillo de San Sebastián, aprovechando la baja marea, depositó el baúl bajo uno de los arcos del puente que llevaba al viejo castillo con el mismo cuidado que si estuviera intentando traspasar las tropas francesas. Una vez estuvo seguro de su correcta colocación dio media vuelta y salió corriendo de vuelta hacia la parte de la playa cercana a Santa Catalina, con el fin de asegurarse de que, si algún curioso viandante se percatara de la existencia del cofre, no lo relacionaran con él.
A salvo ya de cualquier peligro, Germán se sentó en la limpia arena y quedó mirando al creciente mar, con su juramento aun presente, con las ideas fijas como las viejas piedras de los castillos que flanqueaban La Caleta, duras e irrompibles, las cuales perduran por su fuerza y su importancia. Ahora convertirse en soldado no era un sueño, era un objetivo tan real como aquel hermoso paisaje, tan verdadero que con total seguridad supo que cumpliría su objetivo, por muy lejos que estuviera, por muchos impedimentos que el tiempo, la edad o lo que fuera le pusieran por delante… Ese día Germán despertó sobre las arenas de la decisión y la libertad.
Fuente:  Diariodecadiz.es

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